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21/07/12 Cabo Polonio: La aldea mística

Durante el invierno, Cabo Polonio es una comunidad pequeña e integrada con sus propios ritmos y costumbres.

El Cabo Polonio es un sitio repleto de verdades apócrifas, como que el censo 2011 dice que en baja temporada lo habitan 95 personas y no son más de 60; y de leyendas verdaderas, como que algunos pueden librarse allí de sus demonios.

PERSONAJES. Cena de camaradas en la hostería De Las Noctilucas, a un paso del océano Atlántico, en el extremo este de Uruguay. Alguien canta: Hoy vas a entrar en mi pasado/y hoy nuevas sendas tomaremos./Qué grande ha sido nuestro amor/y sin embargo, ¡ay!/mirá lo que quedó. Cada quien ofrece algunas de sus mejores posesiones, aunque más no sea arruinar Los Mareados, un bello tango. Fabiana (50), astróloga, la anfitriona, cocina pastas. Su albergue es un sitio cordial y confortable, al menos para los sobrios estándares del Polonio. Leo (46), abogado y escribano, aportó tesoros inapreciables: vino chileno, caldo de puchero, un pesto con grandes trozos de nuez, queso parmesano. Gonzalo (52), odontólogo, va y viene y escucha en silencio lo que otros dicen. Francisco (31), un abogado chileno que dejó su trabajo y salió a recorrer América Latina en bicicleta en busca de quién sabe qué cosa, observa callado. Olga (52), una fotógrafa catalana que se instaló en el Polonio hace más de dos años, recita un poema suyo que habla de una huelga general de mediocres y agresores.

Los cinco cenan y conversan con ánimo. Beben vino, aunque dos prefieren fumar marihuana. La mayoría son mujeres y hombres excéntricos y valientes que tiraron por la borda su pasado para instalarse en un recóndito pliegue del mundo en procura de una utopía.


En invierno el Cabo Polonio es una aldea poblada por 60 personajes.

Algunos, los menos, se ganan la vida como pescadores. Otros son paisanos emigrados a la costa en tiempos remotos. Y otros, unos pocos, han sido arrojados a la periferia del mundo formal por sucesivos fracasos, como los machos más débiles y las hembras envejecidas se alejan de las colonias de lobos marinos que habitan las islas del Cabo. No los une el amor sino el espanto, diría Borges.

Pero el color dominante de la aldea lo proporcionan aquellos que hicieron una resbaladiza opción de vida, en una búsqueda de la armonía perfecta. En la aldea utópica practican una cultura alternativa, por convicción y por las obligaciones que impone el rústico ambiente. Entre ellos abunda el misticismo, el goce de la soledad o del amor, la veneración de un entorno vigoroso, el apego a la música, el culto a la amistad y a la marihuana.

EL ORDEN NATURAL. Beatriz Pereira (49), una mujer rubia y esbelta, es un caso representativo aunque más bien intenso. Trabajaba en el Palacio Legislativo, un sitio de privilegio, pero hace 22 años se refugió en el Cabo. "Ha sido el amor más duradero", afirma, "me casé con el Polonio".

Su casa, que huele a incienso, es una de las más coquetas de la zona de la playa La Calavera, al este del promontorio del Faro. Es amplia y está bien mantenida. Dispone de una vieja camioneta rusa Lada Niva 4 x 4, cultiva una huerta y su jardín tiene pequeños árboles con nidos de pájaros, todo un lujo en el Polonio, que es un desierto de arena y rocas con escasa vegetación.

Beatriz, que alberga por unos días a una amiga argentina, Denise Trajtenberg (31), integra un agrupamiento místico llamado Camino Rojo. "Es un sendero de amor y belleza, basado en el respeto a la naturaleza y su orden natural", explica. Habla de aire, agua, tierra y fuego. Su jardín incluye un temaskal, que es una estructura de ramas en forma de media esfera. En tiempo de ceremonias el temaskal se cubre con mantas y su centro se llena de piedras calientes sobre las que se arrojan hierbas medicinales y agua, hasta crear un ambiente similar al de un sauna. Unas pocas personas se meten dentro y llevan a cabo un culto de purificación. Entran en trance en "el útero de la madre tierra", cantan y rezan, a la usanza de los aborígenes centroamericanos.

Beatriz es amable. Convida con una torta casera, con un mate decorado con una flor y con un vaso de "agua de sol y diamantina", que se obtiene tras un rito estricto. Sus vecinos son una pareja joven que practica surf y tiene una amplia biblioteca que, siendo privada, pertenece a cualquiera que aprecie la lectura.

Esta clase de gente que habita el Cabo, un mundo de raros, hippies, faloperos y bolches según los estereotipos y prejuicios en boga, parece llevar una vida armoniosa y sin tiempo, aislados del barullo mundano -el mundo le llaman a la civilización montevideana, y señalan hacia atrás por sobre el hombro.

Gonzalo "Ajo" Núñez (52) es odontólogo y tiene un master en Salud Pública. Fue propietario de boliches de renombre en Montevideo, como Laskina, en Prudencio Vázquez y Vega y Figueira, o Plaza Mateo, en el Parque Rodó. A partir de 1993 se fue quedando en el Cabo, donde posee una hostería.

"Nos ganamos la vida en verano y luego somos gasoleros: comida, tabaco y leña", resume. "En general se trata de gente que ama la naturaleza y escapa de una sociedad basada en la lucha por la supervivencia y en el consumo".

"Ajo", sencillo y amable, es un referente local. Fue elegido por amplia mayoría como delegado de los pobladores permanentes en la Comisión Asesora Específica ante el Sistema Nacional de Áreas Protegidas (SNAP). "En todo este año no se hizo ninguna reunión de trabajo con el gobierno", afirma. Desde hace 20 años las viviendas irregulares del Polonio están bajo la lupa de las autoridades, que entre 1993 y 2001 demolieron cerca de 200 ranchos. Las vueltas de la vida llevaron a "Ajo" Núñez a otra forma de lucha por la supervivencia: la lucha por preservar las viviendas ilegales del Cabo y con ellas un modo de vida. Los pobladores, con "Ajo" a la cabeza, reclaman un estatuto especial que reconozca la excepcionalidad de la situación. "Si ingresan 80.000 turistas por verano algo debe haber hecho esta comunidad para asistirlos", insiste.

Hebert José Calimares (51) es ciego y en verano regentea su bar, Lo Joselo. Sus ancestros llegaron a la barra del arroyo Valizas y al Polonio el 9 de junio de 1842, con el naufragio de la fragata Leopoldina Rosa, cargada de inmigrantes, y jamás abandonaron la zona. Él tampoco desea hacerlo: "No queremos que nos roben nuestros derechos para venderlos a privados".

Leo Segalerva (46) es otro de los personajes de la aldea. Es abogado, escribano, estudió antropología y ahora regentea la Posada Alquímica. En una pequeña habitación montó la radio comunitaria, Atando Cabos (97.7 FM), que los lugareños escuchan con atención cada noche. La información del mundo externo tiene una importancia más bien relativa. Leo cree que el Cabo Polonio tiene una esencia cultural única: "Es una comunidad aislada, y por eso es fuerte y poco influenciable desde afuera, aunque sí hospitalaria".

Olga, la catalana devenida en poeta, sostiene que "el Polonio es un escenario en el que se representan todos los arquetipos humanos. Es tan intenso que al fin se manifiesta lo mejor y peor de cada uno. Hay belleza: se está cerca del Cielo y se siente latir la tierra. Aquí se agudizan todos los sentidos".

Casi todos ellos, en mayor o menor medida, se sienten cercados por el Estado, un gigante prejuiciado y bruto, alucinado por reglamentos e impuestos y que no tolera a los hombres libres.

EL NACIMIENTO DE UNA ALDEA. El Cabo Polonio es una zona rocosa de unas 30 hectáreas que se eleva unos 15 metros sobre el océano. A los dos lados del promontorio se extienden amplias playas y, detrás, un gigantesco sistema de dunas móviles: arenas que caminan. La zona debe su nombre a Joseph Polloni, capitán de la fragata española Nuestra Señora del Rosario, señor de San José y las Ánimas que naufragó allí el 31 de enero de 1753.

La saliente rocosa, seguida por un grupo de islotes repletos de lobos marinos, se ha tragado unos cuantos barcos. En 1881 se inauguró un faro: una torre circular de piedra de 39,7 metros de altura con un sistema lumínico cuyos destellos alcanzan 33 kilómetros. Claro que ahora, en la era del radar, el sonar y el GPS, el faro tiene más valor histórico y turístico que de ayuda a la navegación, salvo la artesanal.

En el Polonio todos los senderos apuntan al faro. Los pobladores que ingresan de noche a través de las dunas se guían por su luz.

La aldea comenzó a gestarse en la década de 1940. Los primeros pobladores se establecieron en ranchos erigidos sobre tierras fiscales en régimen de comodato, un derecho de uso. Cazaban lobos marinos a garrotazos para la explotación de piel y grasa monopolizada por la empresa pública Servicio Oceanográfico y de Pesca (Soyp), creada en 1945, llamada Industrias Loberas y Pesqueras del Estado (Ilpe) a partir de 1975, y que se suprimió en la década de 1990. En sus instalaciones en el Cabo ahora se producen lenguados en cautiverio, un experimento de la Dirección Nacional de Recursos Acuáticos (Dinara) y la Facultad de Ciencias a cargo de un empleado y su mujer, que es bióloga.

La población permanente del Cabo se redujo en la década de 1970, hasta que comenzó a crecer con otro tipo de migrantes: aquellos que buscaban un modo de vida diferente al habitual de las ciudades, aunque solo fuera durante algunas semanas de veraneo.

VERANO E INVIERNO. Al Polonio se accede desde el kilómetro 264 de la ruta 10 mediante vehículos todo terreno, en carros o caballos, o bien caminando por la playa desde el balneario Barra de Valizas, ubicado hacia el este, que dista 7 kilómetros en línea recta.

Fabián Araújo (34) conduce un camión viejo y fuerte, con tracción en sus cuatro ruedas, que perteneció al Ejército de la disuelta Alemania Oriental. Con esa herramienta transporta personas hasta Cabo Polonio entre altas dunas y huellas profundas. "En verano ingresa un promedio de 1.800 personas por día, con picos de 2.000", dice. Son uruguayos, argentinos, chilenos, brasileños, españoles, franceses, alemanes, israelíes: de cada pueblo un paisano. Cada viajero paga 170 pesos por el viaje ida y vuelta en camión.

"En verano se ve cualquier cosa", dice Araújo, el camionero. Se abren muchos restaurantes y posadas y los ranchos se alquilan en un soplo. Pero en invierno la situación es muy otra. Los pasajeros se cuentan con los dedos de una mano. Cada día a las 6 de la mañana hace un viaje desde la ruta 10 hasta el Cabo para "sacar" a una adolescente que concurre al liceo de Castillos.

En invierno muchas casas y posadas tienen las puertas sin trancas. "El ladrón que había marchó preso", comenta Fabiana, la astróloga y propietaria de la hostería De Las Noctilucas, mientras levanta las esteras para que penetre el sol. Claro que siempre aparecen vagonetas y abusadores, pero de alguna forma la comunidad los continenta -o los aisla si no hay arreglo.

En el Cabo no hay agua potable, ni saneamiento ni energía eléctrica, salvo en el Faro, que es un enclave alejado y muy formal que se guía por reglas estrictas. No podría ser de otra manera: responde a la Armada nacional. Pero los pobladores se las arreglan con cachimbas, pozos semisurgentes, recolección de lluvias, paneles solares, molinetes de viento, generadores con motor, luces LED, lavarropas a pedal y mucho de lo que el ingenio humano es capaz de producir.

Los placeres no provienen de la energía eléctrica, de los automóviles u otras comodidades modernas, sino precisamente de no poseerlas. Un televisor encendido acabaría con todos los tangos, todas las poesías y todas las conversaciones en la hostería De las Noctilucas. Los pobladores permanentes del Cabo, peregrinos en busca de un mundo armonioso, en el que cada cosa tenga su tiempo, cultivan los privilegios del diálogo y la contemplación, del trabajo físico y la sencillez, del océano como fetiche y almohada. Y si la utopía fracasa, saben que el mundo que los abrumó y que abandonaron está del otro lado de las dunas, y que siempre, mal o bien, se puede intentar el regreso, aunque más no sea para confirmar que es inhabitable.

80%
de las 433 viviendas de Cabo Polonio son ilegales: se levantan en terrenos públicos o privados.

20%
son irregulares: pagaron su terreno, pero no formalizaron la obra ante la Intendencia de Rocha.

CERCO OFICIAL SOBRE LOS ILEGALES
Ahora "los tienen cortitos"
El notable territorio de dunas de la región de Cabo Polonio fue incorporado en julio de 2009 al sistema de áreas protegidas de Uruguay (SNAP) con la forma de un Parque Nacional de 25.800 hectáreas. La decisión obliga a defender el entorno. Y esa defensa es casi un cerco sobre los pobladores permanentes. "Los tienen cortitos" dice Fabián Araújo, un conductor de camiones para el transporte de turistas.

Solo 127 hectáreas son de propiedad pública, en especial de los Ministerios de Defensa y de Ganadería, en tanto el resto del entorno del Cabo es de propiedad privada. Desde la década de 1970 se erigieron ranchos en cualquier lugar, sobre terrenos públicos o privados, por gente en general joven en busca de un turismo alternativo y barato.

Hay 433 casas, más de la mitad sobre tierras del Ministerio de Ganadería, Agricultura y Pesca. El 80% son ilegales, en tanto el resto presentan algún tipo de irregularidad, aunque subsanable. Sobre las viviendas ilegales pesa algún tipo de acción que, a la larga o a la corta, derivaría en demoliciones.

Hace mucho que terminó el tiempo de los colonizadores espontáneos. La informalidad es cada vez menor desde el inicio de varias tandas de demoliciones a partir de 1993. No se toleran nuevas construcciones ni se permite acampar. La Intendencia de Rocha recauda por transporte, multas a viviendas irregulares y habilitación de comercios.

Para ingresar cualquier material de construcción, desde una chapa a maderas, estos pobladores deben renunciar por escrito a sus derechos sobre sus viviendas. Así admiten de manera formal ante las autoridades su condición de precarios.

En 2002 un grupo de 86 propietarios pagó un millón de dólares por la tierra que ocupaban sus casas sobre la playa sur, la más codiciada. Es la gente más pudiente del vecindario: habitan en verano 86 viviendas rústicas y confortables y en conjunto poseen 65 camionetas de tracción integral (4 x 4) con permiso municipal para ingresar a través de las dunas. "Son altaneros: ni nosotros vamos para allá ni ellos vienen acá", dice uno de los pobladores que hace rueda en el almacén Pirulo.

ERA DE LA INCERTIDUMBRE
"Los corvinos"
Al este del Cabo Polonio, sobre la playa La Calavera, se distribuyen 96 viviendas de pobladores permanentes que se llaman a sí mismos "los corvinos". Allí mora la mayor parte de la comunidad alternativa montada a partir de 1975, los renunciantes al mundo que acecha con sus reglas implacables detrás de los grandes médanos.

Las tierras de los ranchos de "los corvinos" fueron expropiadas en diciembre de 1942 por el Estado uruguayo para realizar plantaciones forestales, pero debió devolverlas a la sucesión Tiznes en 1992, pues nunca pagó un peso. Entonces la sucesión inició juicio a "los corvinos" para recuperar sus tierras, o al menos para llegar a un mal arreglo.

Después de 20 años de litigio la situación parece congelada, aunque la justicia obligó a la sucesión Tiznes a indemnizar a los pobladores para que dejen sus viviendas, y las autoridades presionan por demoliciones. Las excavadoras pueden llegar en cualquier momento, como llegaron entre 1993 y 2001 para tirar dos centenares de ranchos.

"Los tiempos del Estado no son nuestros tiempos", dice Gonzalo "Ajo" Núñez, delegado de la población ante el Sistema Nacional de Áreas Protegidas; "es una era de incertidumbre".

EL ESTADO Y LOS PARTICULARES
Un enredo más bien agotador
Los intentos de ordenamiento del Cabo Polonio se han enredado en una maraña de leyes, reglamentos, situaciones de hecho y diferencias entre ocupantes precarios, propietarios de tierras y oficinas públicas de nombres tan agotadoramente largos como los pleitos judiciales: Ministerio de Defensa Nacional; Dirección Nacional de Recursos Acuáticos (Dinara) del Ministerio de Ganadería, Agricultura y Pesca; o Dirección Nacional de Medio Ambiente (Dinama) del Ministerio de Vivienda, Ordenamiento Territorial y Medio Ambiente. La Intendencia de Rocha, encabezada por el frenteamplista Artigas Barrios, pretende preservar la aldea antes que destruirla, y cobrar tributos: al fin y al cabo, buena parte de los ranchos enclenques se arriendan en verano a buen precio. Los pobladores y quienes poseen viviendas ilegales, que estuvieron divididos, ahora tienden a unirse. Se sienten cercados por "burócratas de escritorio" que no aprecian el "valor intangible del Parque como destino turístico".

MIGUEL ARREGUI

Fuente: El País
Fecha y Hora
21/Jul/2012
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